venerdì 16 marzo 2012

Girard, Vattimo y el chivo expiatorio

Las ideas de René Girard quizá un día nos parecerán rancias. Yo, al menos, no tengo demasiada fe en su insuperabilidad. Pero mientras sigan en cartelera estoy contento, porque nos provocan en un tema, el del mito, que tendemos a considerar una categoría vencida por la historia pero que, como tan bien explica Roberto Calasso, no solo sigue ahí, sino que es nuestro talón de Aquiles.

Girard y Gianni Vattimo son coautores de ¿Verdad o fe débil? (Paidós, 2011), una recopilación de cinco textos de los últimos quince años: tres debates entre ambos y un artículo de cada uno. Paidós es la editorial que publica en España las obras de Vattimo, pero aquí el protagonista, quien impone la agenda, es Girard. De todos modos, Vattimo, en la polémica con Girard (polémica relativa, porque pretende estar de acuerdo con él), encuentra cauce ancho para desplegar sus tesis.

La idea fundamental de Girard es la del chivo expiatorio (Girard es antropólogo, no filósofo). Las sociedades, dice él, siempre se han compactado internamente por medio de la sublimación de la violencia innata de los individuos en un origen mítico colectivo en el que se sacrificó a una víctima teóricamente culpable de todos los males. En este sentido, la tradición judeocristiana resulta excepcional, pues en ella Dios ya no quiere sacrificios humanos (véase el caso de Abraham e Isaac), y la víctima sublime, Jesucristo, es inocente.

Para Vattimo, eso significa que la misión histórica del cristianismo es revelar la impostura de la religión, incluida, lógicamente, la de la propia religión cristiana. No es una crítica al cristianismo: al revés, Vattimo ensalza el mensaje cristiano de la caridad, tan opuesto al de los mitos precedentes, y llega a decir que Girard le ha hecho reconciliarse con su fe juvenil, aunque no tanto como para retomarla (“gracias a Dios, soy ateo”, dice filosóficamente).
¿Puedo decir lo que pienso? Yo veo que Vattimo ensancha demasiado el concepto de violencia. Para él, toda autoridad es violencia. No solo: la misma idea de ser es ya violenta, por lo que hay que cargársela. “Hay una efectiva reducción de la violencia a través de la reducción de la fuerza de nuestros argumentos con relación a los conceptos de naturaleza, ser, verdad, etc.”, dice. Y yo me acuerdo de aquello de Goebbels: “Pasaremos a la historia o como los mayores estadistas o como los mayores criminales de todos los tiempos”. Dependiendo de quién gane la guerra, se entiende: porque si el bien, el mal, la verdad, se aligeran, como pretende Vattimo, no sabemos adónde puede llevárselos el viento de la historia.

Girard, por su parte, no piensa que el cristianismo sea la religión de la disolución: él es optimista, piensa en el cristianismo como una fuerza eminentemente constructiva, con una gran tarea por delante (dos mil años de historia no son nada, dice). Eso sí, a diferencia de Vattimo él cree en Dios, en Jesucristo, en la Iglesia…, y en la misa como sacrificio.

domenica 26 febbraio 2012

Katherine Mansfield: Nueva Zelanda como pretexto

“Entonces, ¿por qué no me suicido? Porque siento que tengo un deber que cumplir en nombre del hermoso tiempo en que los dos estábamos vivos. Quiero escribir sobre aquello, y él quería que lo hiciese”.

Quien escribe esta frase en su Diario es Katherine Mansfield, tras la muerte de su hermano Leslie en los campos de batalla de la Gran Guerra, en 1915. Los tiempos compartidos eran los de la infancia en Nueva Zelanda, donde la familia de ambos seguía viviendo. Ella, mayor que él, se había trasladado a Londres en 1908, con 20 años, y solo había vuelto a verle ya en la guerra, que él había querido hacer, en las antípodas de su tierra, como voluntario del ejército británico.
Preludio, relato publicado en 1918, es un primer resultado de ese propósito de evocación. Originalmente iba a llamarse The Aloe, y el cambio de título es uno de los datos que hacen suponer que el proyecto de Katherine Mansfield era escribir un ciclo autobiográfico sobre Nueva Zelanda, con aquel extenso cuento como Preludio del resto. En la bahía (1922), otro cuento largo con los mismos personajes, sería, en ese caso, la segunda pieza. La tercera y última —antes de que la muerte de la autora, en 1923, interrumpiera el ciclo— sería La casa de muñecas, escrita un mes después de En la bahía.
En Preludio, el áloe que un buen día florece es una epifanía de la irrupción impetuosa de la vida en la familia Burnell, que cuenta ya con tres niñas. El bebé ha nacido ya cuando encontramos de nuevo a los Burnell en las páginas de En la bahía, y en él hay que ver al hermano de la autora, del mismo modo que a esta hay que identificarla con Kezia, la mediana de las tres hermanas.

En la bahía, recientemente editado en castellano (Alba, 2011), está construido, en gran medida, a base de lenguaje interior, por medio de un recurso que Katherine Mansfield domina magistralmente: la llamada oración indirecta libre, en la que el flujo de conciencia de los personajes queda acoplado sin solución de continuidad al discurso del narrador.
La acción es nula: la familia Burnell transcurre ordinariamente uno de sus últimos días de vacaciones en la playa. Sobre todo, lo que cuenta —además del paisaje, meticulosamente observado— son los personajes, que se describen a sí mismos desde dentro: con sus pensamientos egoístas, con sus deseos utópicos, distintos en cada caso pero siempre banales e inalcanzables, con sus silencios. Los que más hablan, como Trout, el cómico cortejador de la señora Burnell, son los que menos nos dicen de sí mismos.

Por su capacidad de evocación y de penetración psicológica, la prosa de Katherine Mansfield ha sido comparada con la de Virgina Woolf, coetánea y amiga suya. En mi opinión, la supera. Y en esto coincido con la propia Virginia Woolf, quien en su diario anotó que la única escritora de la que tenía envidia era Katherine Mansfield.

domenica 12 febbraio 2012

Nella morte di Wyslawa Szymborska

Aveva quasi novant’anni, e quindi che la sua morte poteva essere vicina si supponeva. Ma lo spegnimento di una voce come la sua fa impressione comunque.

Sulla sua vita e sulla sua opera c’è nei quotidiani degli ultimi giorni tutta l’informazione di cui uno può aver bisogno, per cui è superfluo dare qui altre notizie.
Io voglio ricordarla come donna, con un breve poema che va letto a prescindere dal contesto in cui è nato. È stato composto nel 1967 ed ha per titolo Vietnam, ma un titolo più universale, come appunto Donna, gli calzerebbe benissimo.

La traduzione è di Pietro Marchesani. Si trova nell’antologia Discorso all’ufficio oggetti smarriti (Adelphi, 2004).

Vietnam
Donna, come ti chiami? - Non lo so.
Quando sei nata, da dove vieni? - Non lo so.
Perché ti sei scavata una tana sottoterra? - Non lo so.
Da quando ti nascondi qui? - Non lo so.
Perché mi hai morso la mano? - Non lo so.
Sai che non ti faremo del male? - Non lo so.
Da che parte stai? - Non lo so.
Ora c’è la guerra, devi scegliere. - Non lo so.
Il tuo villaggio esiste ancora? - Non lo so.
Questi sono i tuoi figli? - Sì.

domenica 29 gennaio 2012

Eichmann e altri come noi

La banalità del male, di Hannah Arendt (Feltrinelli, 2009), è un libro imprescindibile, ma per me è stato anche un libro sorprendente.

Mi ha sorpreso, anzitutto, la capacità narrativa della Arendt: in questo aspetto, trovo che non ha niente da invidiare a Kapuscinski o a Montanelli. Senz’altro sarà stata aiutata dalla redazione del New Yorker, la rivista a cui nel 1961 ha inviato, da Gerusalemme, i suoi servizi sul processo a Eichmann poi confluiti nel libro; ma al tempo stesso il risultato è molto personale, molto “d’autore”.

Mi ha sorpreso pure, meno positivamente, la sua approvazione della condanna a morte per l’imputato. Comunque, grazie a Dio non sono mancati ebrei prominenti, come Martin Buber, che in quel momento si sono pronunciati contro l’esecuzione di Eichmann.

Una riflessione che torna più volte nel corso del libro e che dà ragione del titolo: “Il guaio del caso Eichmann era che di uomini come lui ce n'erano tanti e che questi tanti non erano né perversi né sadici, bensì erano, e sono tuttora, terribilmente normali” (p. 282). Infatti, Caino è ognuno di noi. Il male non riguarda soltanto un manipolo di tedeschi estremisti che nel secolo scorso ha combinato cose tremende, come alcuni sembrano intenti a farci credere. In realtà, il male ha tante forme e tanti volti: è nel rapporto con gli uomini, con la natura e con Dio; è in me e in te, in quella parte mediocre dell’anima di cui parlava Simone Weil e che va mortificata.

A questo proposito, ecco un’altra bella citazione di Hannah Arendt sul peso dell’azione morale in se stessa considerata: “Un processo assomiglia a un dramma in quanto che dal principio alla fine si occupa del protagonista, non della vittima [...]. Al centro di un processo ci può essere soltanto colui che ha compiuto una determinata azione (il quale sotto questo rispetto è per così dire l’«eroe») e se egli deve soffrire, deve soffrire per ciò che ha fatto materialmente, non per le sofferenze che ha provocato agli altri” (p. 17). Valga per Eichmann a Gerusalemme, e valga anche per noi nella prospettiva del giudizio finale.

Comunque, vogliamo non spostarci tanto in avanti? Lasciamo stare allora il giudizio finale e guardiamo il presente rileggendo, sempre nella Banalità, questa profetica, terribile osservazione: “È noto che Hitler cominciò la sua operazione di sterminio col concedere una «morte pietosa» agli «incurabili», ed è noto che egli intendeva estendere il programma di eutanasia ai tedeschi «geneticamente imperfetti» (cardiopatici e tubercolotici). Ma a parte ciò, è evidente che questo tipo di sterminio può essere diretto contro qualsiasi gruppo, e che il principio con cui viene effettuata la selezione dipende esclusivamente dalle circostanze. Non è affatto escluso che nell'economia automatizzata di un futuro non troppo lontano gli uomini siano tentati di sterminare tutti coloro il cui quoziente d'intelligenza sia al di sotto di un certo livello” (p. 291).

Dio ce ne scampi! Dalla condanna nel giudizio finale e dalla “pietà” di certi filantropi banalmente normali.

domenica 15 gennaio 2012

Fermín en el Congo

A propósito de la censura británica a Tintín en el Congo, Fermín de Aldoz me manda una poesía.

Sé que hizo un viaje a África hace algún tiempo. Me lo imagino rodeado de negros, danzando con ellos y acompañando con un tam-tam a un coro de mujeres que cantan:

¡Harambé!, ¡todos a una!,
todos juntos, ¡harambé!
¡Harambé!, todos a una,
porque mi negro quiere nacer.

De la selva a la sabana,
de Kisangani a Lomé,
¡harambé!, grito de guerra,
porque mi negro quiere nacer.

El blanco lleva un sombrero
y zapatos en los pies,
y tiembla como una palma,
porque mi negro quiere nacer.

El blanco ha hablado en su tribu,
¡hatari! ha dicho en inglés.
¡Hatari!, grito de miedo,
porque mi negro quiere nacer.

Ha dicho que somos pobres
y que un muerto no lo es,
y que me he de comer a mi negro,
porque mi negro quiere nacer.

Al norte hay una muralla,
al sur un grito: ¡harambé!
¡Harambé!, grito de parto,
porque mi negro quiere nacer.


Apostilla: Racismo por racismo, me quedo con Hergé. El alarmismo del Economist sobre la “bomba demográfica africana” es mucho más insultante que los inocentes dibujos de Tintín en el Congo.

sabato 31 dicembre 2011

El libro del año

No se me habría ocurrido nunca escoger un “libro del año”, a modo de óscar del reducido ámbito de mis lecturas. Pero esta vez da la casualidad de que cuando el año está para terminar he leído un libro que en España ha sido publicado en 2011 y que me ha parecido tan bueno que merecía un premio de ese tipo. Me refiero a Los perros y los lobos, el último título de Irène Némirovsky que la editorial Salamandra ha puesto en las librerías.
En la portada vemos a una mujer rubia y de ojos claros que nos mira distendidamente. Desde luego, no es Ada Sinner, la protagonista de la novela. Es, supongo, Laurence, la mujer de Harry Sinner, el primo de Ada. Laurence es francesa y católica; Ada, en cambio, es una judía ucraniana que ha llegado a París de niña y a la que la revolución rusa ha alejado para siempre de su patria. Para ver el retrato de Ada no tenemos que mirar la portada, sino la solapa anterior, donde encontramos una foto de una mujer de pelo y ojos oscuros: Irène Némirovsky, la propia autora de la novela. Los perros y los lobos, en efecto, es seguramente su obra más autobiográfica.

Se trata de una obra de madurez: la madurez que tenía Irène Némirovsky a los 37 años, en 1940, cuando publicó la novela (moriría solo dos años más tarde, en Auschwitz). La acción, quizá con la excepción de los primeros capítulos, los de la infancia en Ucrania, está llevada con un ritmo ágil y con un sabio manejo de la situación dramática, como un río caudaloso y veloz que sabe perfectamente qué meandros va a encontrar en el camino y a qué mar le van a conducir.

El lenguaje es delicado y profundo, rico en matices y en carga simbólica. El título me hace suponer que Irène Némirovsky había leído a Jack London. Perro y lobo son los dos distintos modos de ser de la familia Sinner: el de quienes —como Colmillo Blanco, el protagonista de la novela homónima de London— se han “civilizado” y el de quienes permanecen fuera del sistema (al margen y por debajo). Son todos muy parecidos, son todos judíos…, pero cada cual tiene su destino.

En el último capítulo de la novela yo intuyo también una cierta clave de lectura teológica que quizá estos días el calendario, por lo de la Navidad, me ha facilitado reconocer. Solo diré que en 1939, el año anterior a la publicación de este libro, Irène Némirovsky se había convertido al catolicismo, sin dejar por eso de sentirse judía.

venerdì 16 dicembre 2011

Roma turistica

Se Nathaniel Hawthorne avesse scritto soltanto Il fauno di marmo (1859), oggi probabilmente non lo troveremmo nei manuali di letteratura americana. L’ho appena letto (in italiano: Giunti, 2008), e mi è sembrato poco più di un precedente del Codice Da Vinci. Non sto dicendo che Il Codice si trovi sullo stesso livello di qualità (non l’ho letto, e me ne vanto), ma sì che il cocktail di arte, religione, delitti di sangue e Roma da cartolina che Il fauno di marmo offre al lettore ha sicuramente molto a che fare con gli odierni esercizi di fantasia di Dan Brown (che comunque mai daranno luogo a un romanzo come La lettera scarlatta, il capolavoro di Hawthorne).

I luoghi del romanzo di Hawthorne sono i luoghi della Roma eterna, molto familiari anche adesso per chi vive a Roma: Villa Borghese, la chiesa dei Cappuccini di via Veneto, la Torre della Scimmia… Tutto in visione americana, ovviamente. Una visione che non è che mi entusiasmi. Per carità, è simpatico vedere un americano, o comunque un turista (Hawthorne, che ha vissuto in Italia due anni, è stato qualcosa di più di un turista), proiettare i suoi tic mentali sulla millenaria scenografia romana. Ma tante volte lo stereotipo, soprattutto quando nasce dalla chiusura allo sforzo di comprensione, è altezzoso e belligerante. E ciò purtroppo si verifica nel romanzo di Hawthorne, che, pur tra tanti attestati di meraviglia, non risparmia i toni spregiativi sia nei confronti dell’Italia che della Chiesa di Roma.

Un inciso. Per un’ironia della sorte, quel puritano antipapista di Hawthorne, critico con la Chiesa cattolica e implacabile in particolare con gli ordini religiosi, ha avuto una figlia che si è convertita al cattolicesimo e, dopo la morte del marito, ha fondato un ordine religioso: Rose Hawthorne. Insomma, come se una figlia di Dan Brown diventasse adesso numeraria dell’Opus Dei.

Torno alla Roma turistica e finisco. Alcuni dicono che Roma non è una città per viverci, e naturalmente a suo tempo Hawthorne è stato di questi. Io ci sono arrivato più di vent’anni fa e non me ne sono andato: ovviamente mi è piaciuta. Infatti, sento di vivere in una città eterna, malgrado i turisti, ma non noiosa (anche grazie ai turisti).