venerdì 30 marzo 2012

Tonino Guerra: sopravvivenze

Parlai una volta con Juan Vicente Piqueras, traduttore spagnolo di Tonino Guerra e poeta in proprio, e mi confessava che non gli era facile trovare ispirazione nella poesia italiana contemporanea, secondo lui troppo ermetica, troppo sofisticata, con soltanto, diceva, qualche meravigliosa eccezione, che concretizzava in Pavese, Sbarbaro e appunto Tonino Guerra. Essendo morti i primi due già da molto tempo, in quel momento Guerra era l’unico ancora vivo.

Tonino Guerra, poeta, sceneggiatore e soprattutto testimone di verità del suo tempo e della sua terra (nello specifico, della campagna romagnola, assediata e ferita di morte dalla civiltà urbana), è deceduto a 92 anni la settimana scorsa. Maestro rurale e figlio di contadini analfabeti, aveva cominciato a scrivere poesie nel campo di prigionia di Troissdorf, dopo il suo internamento nel 1943.

La morte era una sua ossessione, a detta di lui stesso. Qualche volta gli era scappato che il motivo principale per cui scriveva era rimanere per molto tempo nella memoria degli altri, unico modo, secondo lui, di sconfiggere la morte.

Un poema come La farfalla, che ci parla della bellezza nel paradiso, merita senz’altro di sopravvivere al suo autore. Eppure, nella sua solarità, sembra smentire quelle proclamate ossessioni di morte.

La farfalla

Contento, proprio contento
sono stato molte volte nella vita
ma più di tutte quando
mi hanno liberato in Germania
che mi sono messo a guardare una farfalla
senza la voglia di mangiarla.

venerdì 16 marzo 2012

Girard, Vattimo y el chivo expiatorio

Las ideas de René Girard quizá un día nos parecerán rancias. Yo, al menos, no tengo demasiada fe en su insuperabilidad. Pero mientras sigan en cartelera estoy contento, porque nos provocan en un tema, el del mito, que tendemos a considerar una categoría vencida por la historia pero que, como tan bien explica Roberto Calasso, no solo sigue ahí, sino que es nuestro talón de Aquiles.

Girard y Gianni Vattimo son coautores de ¿Verdad o fe débil? (Paidós, 2011), una recopilación de cinco textos de los últimos quince años: tres debates entre ambos y un artículo de cada uno. Paidós es la editorial que publica en España las obras de Vattimo, pero aquí el protagonista, quien impone la agenda, es Girard. De todos modos, Vattimo, en la polémica con Girard (polémica relativa, porque pretende estar de acuerdo con él), encuentra cauce ancho para desplegar sus tesis.

La idea fundamental de Girard es la del chivo expiatorio (Girard es antropólogo, no filósofo). Las sociedades, dice él, siempre se han compactado internamente por medio de la sublimación de la violencia innata de los individuos en un origen mítico colectivo en el que se sacrificó a una víctima teóricamente culpable de todos los males. En este sentido, la tradición judeocristiana resulta excepcional, pues en ella Dios ya no quiere sacrificios humanos (véase el caso de Abraham e Isaac), y la víctima sublime, Jesucristo, es inocente.

Para Vattimo, eso significa que la misión histórica del cristianismo es revelar la impostura de la religión, incluida, lógicamente, la de la propia religión cristiana. No es una crítica al cristianismo: al revés, Vattimo ensalza el mensaje cristiano de la caridad, tan opuesto al de los mitos precedentes, y llega a decir que Girard le ha hecho reconciliarse con su fe juvenil, aunque no tanto como para retomarla (“gracias a Dios, soy ateo”, dice filosóficamente).
¿Puedo decir lo que pienso? Yo veo que Vattimo ensancha demasiado el concepto de violencia. Para él, toda autoridad es violencia. No solo: la misma idea de ser es ya violenta, por lo que hay que cargársela. “Hay una efectiva reducción de la violencia a través de la reducción de la fuerza de nuestros argumentos con relación a los conceptos de naturaleza, ser, verdad, etc.”, dice. Y yo me acuerdo de aquello de Goebbels: “Pasaremos a la historia o como los mayores estadistas o como los mayores criminales de todos los tiempos”. Dependiendo de quién gane la guerra, se entiende: porque si el bien, el mal, la verdad, se aligeran, como pretende Vattimo, no sabemos adónde puede llevárselos el viento de la historia.

Girard, por su parte, no piensa que el cristianismo sea la religión de la disolución: él es optimista, piensa en el cristianismo como una fuerza eminentemente constructiva, con una gran tarea por delante (dos mil años de historia no son nada, dice). Eso sí, a diferencia de Vattimo él cree en Dios, en Jesucristo, en la Iglesia…, y en la misa como sacrificio.