

Libro-Forum itagnolo di Alfredo Mendiz
Esta tarde, cuando he ido, he visto que ahora para aparcar en su calle hay que pagar, no mucho, un euro por hora, salvo en un tramo de quince o veinte metros reservado para una embajada. Como no me gusta pagar, y menos por lo que otras veces me ha salido gratis, he aparcado a caballo de la pintura azul y la amarilla y no he pagado: he pensado que un guardia urbano no multa a un coche de una embajada por haber invadido con las ruedas traseras, sólo con las ruedas traseras, la zona azul, y que un portero de embajada tampoco llama a la grúa cuando las ruedas delanteras del coche del vecino ocupan unos centímetros de zona amarilla.
De la visita a Claudio hay bien poco que decir. Sin nada he llegado a su casa, sólo con un marido nominal y con el deseo de quitármelo definitivamente de encima, y sin nada he salido, definitivamente sin marido y ya sin ningún deseo. Me sentía ligera, muy ligera, vacía.
Antes de cruzar la calle me he detenido un momento. No quería delatarme como dueña del coche mal aparcado: la calle parecía desierta, pero en realidad otro coche, unos metros detrás del mío, estaba aparcando en ese instante. Acabada la maniobra, una mujer de aspecto nórdico ha salido del coche y ha ido hacia una taquilla automática de parking que había a pocos pasos de donde se encontraba. Estaba embarazada. He visto que en la zona amarilla no había ningún hueco, y me he sentido culpable: cabía sólo medio coche, justo delante del mío. La mujer ha echado unas monedas en la máquina, ha vuelto a su coche, ha abierto la puerta de atrás y ha salido de nuevo con un niño en brazos, un niño down que luego ha estado mirándome desde lo alto del hombro, con cara de bueno y con la lengua colgándole de la boca, mientras entraba con ella en la embajada.