domenica 29 aprile 2012

Padres e hijos


No me parece que las novelas de Joseph Roth (1894-1939) puedan calificarse de excepcionales. Sin embargo, tienen el mérito de no envejecer: leídas ahora, resultan tremendamente actuales. Desde luego, lo es en grado sumo Zipper y su padre, una de las menos conocidas, recientemente editada en España (Acantilado, 2011).

De Zipper y su padre, publicada originalmente en 1928, es impresionante, para mí, su puesta en escena de lo que yo llamaría el paradigma de la abolición del padre. El padre de Arnold Zipper es como es, y sin duda su figura negativa es un peso que grava determinantemente sobre el hijo, pero al menos ha tenido un hijo. Zipper hijo, en cambio, ya no será padre: como su propio creador, Joseph Roth, se casa pero no tiene descendencia.

Sin hijos soy más libre, se piensa a veces. Y naturalmente quien lo piensa es siempre un hijo, porque se puede no ser padre, pero no se puede no ser hijo. El hijo pródigo del evangelio, que vende las joyas de familia porque vive solo para el hoy, el ahora y el yo, tiene en estos momentos, según parece, un buen número de seguidores: hombres y mujeres obtusamente convencidos, en el fondo, de que la historia se acabará el día en que alguien —no un hijo, claro— cierre la tapa de su ataúd; remisos, por tanto, a comprometerse en algo que les pueda sobrevivir.

Arnold Zipper sigue inconscientemente esa parábola, que en su caso tiene un final triste. Su destino patético es el de un tipo de personaje que Roth conocía bien y al que desesperadamente —vanamente— pretendía exorcizar.

Al trasponer en Zipper su propia historia, en efecto, Roth no solo es un observador agudo de sí mismo (de su relación atormentada con su padre, de su problemático matrimonio, de su miedo a la paternidad), sino un profeta angustiado pero clarividente: ese clown llamado Arnold Zipper al que al final de su vida pagan por recibir golpes es una premonición dramática de ese desecho de hombre, de ese bufón de la bohemia parisina, crónicamente prófugo, endeudado y borracho, en que se convertirá, en su último tramo de vida, Joseph Roth.

domenica 15 aprile 2012

Chiamatemi Amore

“Chiamatemi Ismaele”: con queste lapidarie, geniali parole inizia Moby Dick. Qualche volta ho pensato che l’incipit della Bibbia potrebbe essere benissimo “Chiamatemi Amore”. Il messaggio è tutto lì: infatti san Giovanni scrive, in estrema sintesi, che “Dio è Amore”.

Amare, opera di vecchiaia di David Maria Turoldo che prende le mosse proprio da queste certezze e da questo clima biblico, è un libro che ho deciso di leggere nonostante la mia avversione per i titoli verbali (To Kill a Mockingbird, Reinar después de morir…: non mi piacciono, come titoli). Di Padre Turoldo (1916-1992) avevo letto in precedenza alcune poesie che mi erano sembrate belle e pungenti, e sicuramente è stato ciò a farmi superare l’ostacolo del titolo. Ho letto quindi Amare (San Paolo, 2002), che però mi ha deluso. L’ho trovato una poltiglia mal riuscita di poesia e prosa, religione e filosofia, denuncia e buonismo, il tutto non sempre coerente.

Alcune frasi sono di una ingenuità che mi lascia perplesso: “ecco Giovanni a dire che Dio è amore. Soltanto amore. Così sarà inevitabile la domanda: cosa sia l’amore. D’allora la risposta sarà altrettanto inevitabile: l’amore è Dio”. Ma a nessuno sfugge quanto diverse siano le cose che noi uomini chiamiamo amore. Sarebbe il caso di rammentare a Turoldo le parole di sant’Agostino sui due amori che fondano le famose due città: l’amore di Dio e l’amore di sé. Per non dire dei tanti maschi che, presi dall’amore per una donna di vent’anni più giovane, hanno abbandonato moglie e figli. Molto romantico, se vogliamo, ma poco serio. Insomma, secondo me, pur credendo che Dio è Amore, non si può dire che l’ amore tout court sia Dio.

Accanto a queste cadute di tono, comunque, non mancano, in Amare, alcune idee semplici e luminose, espresse sia in prosa che in poesia. Ecco, per esempio, una bella descrizione della condizione sacerdotale dell’autore:

Tu non sai cosa sia il silenzio
né la gioia dell’usignolo
che canta, da solo nella notte;
quanto beata è la gratuità,
il non appartenersi
ed essere solo
ed essere di tutti
e nessuno lo sa o ti crede.

Ed ecco, in una massima di poche parole, la descrizione del matrimonio secondo Turoldo: “Non già: Ti amo, perciò sono fedele, ma: Sono fedele, perciò ti amo”. La frase ha un senso ovvio, per me: i due termini di una relazione non sono sempre interscambiabili (per cui la proposizione “Dio è amore”  non è per forza equivalente a “l’amore è Dio”). C’è anche, certamente, un senso morale: sono le opere (la fedeltà) a sostenere le parole (le dichiarazioni d’amore), e non il contrario. Infine io ci trovo pure un senso mistico, visto che “fedele” proviene da fides, “fede”: per amare bisogna crederci.

Ma per chiudere il cerchio (fede, amore… e, naturalmente, speranza) io aggiungerei, pensando ad alcuni amici e amiche che purtroppo si sono separati o si stanno separando, che bisogna anche sperare.

venerdì 30 marzo 2012

Tonino Guerra: sopravvivenze

Parlai una volta con Juan Vicente Piqueras, traduttore spagnolo di Tonino Guerra e poeta in proprio, e mi confessava che non gli era facile trovare ispirazione nella poesia italiana contemporanea, secondo lui troppo ermetica, troppo sofisticata, con soltanto, diceva, qualche meravigliosa eccezione, che concretizzava in Pavese, Sbarbaro e appunto Tonino Guerra. Essendo morti i primi due già da molto tempo, in quel momento Guerra era l’unico ancora vivo.

Tonino Guerra, poeta, sceneggiatore e soprattutto testimone di verità del suo tempo e della sua terra (nello specifico, della campagna romagnola, assediata e ferita di morte dalla civiltà urbana), è deceduto a 92 anni la settimana scorsa. Maestro rurale e figlio di contadini analfabeti, aveva cominciato a scrivere poesie nel campo di prigionia di Troissdorf, dopo il suo internamento nel 1943.

La morte era una sua ossessione, a detta di lui stesso. Qualche volta gli era scappato che il motivo principale per cui scriveva era rimanere per molto tempo nella memoria degli altri, unico modo, secondo lui, di sconfiggere la morte.

Un poema come La farfalla, che ci parla della bellezza nel paradiso, merita senz’altro di sopravvivere al suo autore. Eppure, nella sua solarità, sembra smentire quelle proclamate ossessioni di morte.

La farfalla

Contento, proprio contento
sono stato molte volte nella vita
ma più di tutte quando
mi hanno liberato in Germania
che mi sono messo a guardare una farfalla
senza la voglia di mangiarla.

venerdì 16 marzo 2012

Girard, Vattimo y el chivo expiatorio

Las ideas de René Girard quizá un día nos parecerán rancias. Yo, al menos, no tengo demasiada fe en su insuperabilidad. Pero mientras sigan en cartelera estoy contento, porque nos provocan en un tema, el del mito, que tendemos a considerar una categoría vencida por la historia pero que, como tan bien explica Roberto Calasso, no solo sigue ahí, sino que es nuestro talón de Aquiles.

Girard y Gianni Vattimo son coautores de ¿Verdad o fe débil? (Paidós, 2011), una recopilación de cinco textos de los últimos quince años: tres debates entre ambos y un artículo de cada uno. Paidós es la editorial que publica en España las obras de Vattimo, pero aquí el protagonista, quien impone la agenda, es Girard. De todos modos, Vattimo, en la polémica con Girard (polémica relativa, porque pretende estar de acuerdo con él), encuentra cauce ancho para desplegar sus tesis.

La idea fundamental de Girard es la del chivo expiatorio (Girard es antropólogo, no filósofo). Las sociedades, dice él, siempre se han compactado internamente por medio de la sublimación de la violencia innata de los individuos en un origen mítico colectivo en el que se sacrificó a una víctima teóricamente culpable de todos los males. En este sentido, la tradición judeocristiana resulta excepcional, pues en ella Dios ya no quiere sacrificios humanos (véase el caso de Abraham e Isaac), y la víctima sublime, Jesucristo, es inocente.

Para Vattimo, eso significa que la misión histórica del cristianismo es revelar la impostura de la religión, incluida, lógicamente, la de la propia religión cristiana. No es una crítica al cristianismo: al revés, Vattimo ensalza el mensaje cristiano de la caridad, tan opuesto al de los mitos precedentes, y llega a decir que Girard le ha hecho reconciliarse con su fe juvenil, aunque no tanto como para retomarla (“gracias a Dios, soy ateo”, dice filosóficamente).
¿Puedo decir lo que pienso? Yo veo que Vattimo ensancha demasiado el concepto de violencia. Para él, toda autoridad es violencia. No solo: la misma idea de ser es ya violenta, por lo que hay que cargársela. “Hay una efectiva reducción de la violencia a través de la reducción de la fuerza de nuestros argumentos con relación a los conceptos de naturaleza, ser, verdad, etc.”, dice. Y yo me acuerdo de aquello de Goebbels: “Pasaremos a la historia o como los mayores estadistas o como los mayores criminales de todos los tiempos”. Dependiendo de quién gane la guerra, se entiende: porque si el bien, el mal, la verdad, se aligeran, como pretende Vattimo, no sabemos adónde puede llevárselos el viento de la historia.

Girard, por su parte, no piensa que el cristianismo sea la religión de la disolución: él es optimista, piensa en el cristianismo como una fuerza eminentemente constructiva, con una gran tarea por delante (dos mil años de historia no son nada, dice). Eso sí, a diferencia de Vattimo él cree en Dios, en Jesucristo, en la Iglesia…, y en la misa como sacrificio.

domenica 26 febbraio 2012

Katherine Mansfield: Nueva Zelanda como pretexto

“Entonces, ¿por qué no me suicido? Porque siento que tengo un deber que cumplir en nombre del hermoso tiempo en que los dos estábamos vivos. Quiero escribir sobre aquello, y él quería que lo hiciese”.

Quien escribe esta frase en su Diario es Katherine Mansfield, tras la muerte de su hermano Leslie en los campos de batalla de la Gran Guerra, en 1915. Los tiempos compartidos eran los de la infancia en Nueva Zelanda, donde la familia de ambos seguía viviendo. Ella, mayor que él, se había trasladado a Londres en 1908, con 20 años, y solo había vuelto a verle ya en la guerra, que él había querido hacer, en las antípodas de su tierra, como voluntario del ejército británico.
Preludio, relato publicado en 1918, es un primer resultado de ese propósito de evocación. Originalmente iba a llamarse The Aloe, y el cambio de título es uno de los datos que hacen suponer que el proyecto de Katherine Mansfield era escribir un ciclo autobiográfico sobre Nueva Zelanda, con aquel extenso cuento como Preludio del resto. En la bahía (1922), otro cuento largo con los mismos personajes, sería, en ese caso, la segunda pieza. La tercera y última —antes de que la muerte de la autora, en 1923, interrumpiera el ciclo— sería La casa de muñecas, escrita un mes después de En la bahía.
En Preludio, el áloe que un buen día florece es una epifanía de la irrupción impetuosa de la vida en la familia Burnell, que cuenta ya con tres niñas. El bebé ha nacido ya cuando encontramos de nuevo a los Burnell en las páginas de En la bahía, y en él hay que ver al hermano de la autora, del mismo modo que a esta hay que identificarla con Kezia, la mediana de las tres hermanas.

En la bahía, recientemente editado en castellano (Alba, 2011), está construido, en gran medida, a base de lenguaje interior, por medio de un recurso que Katherine Mansfield domina magistralmente: la llamada oración indirecta libre, en la que el flujo de conciencia de los personajes queda acoplado sin solución de continuidad al discurso del narrador.
La acción es nula: la familia Burnell transcurre ordinariamente uno de sus últimos días de vacaciones en la playa. Sobre todo, lo que cuenta —además del paisaje, meticulosamente observado— son los personajes, que se describen a sí mismos desde dentro: con sus pensamientos egoístas, con sus deseos utópicos, distintos en cada caso pero siempre banales e inalcanzables, con sus silencios. Los que más hablan, como Trout, el cómico cortejador de la señora Burnell, son los que menos nos dicen de sí mismos.

Por su capacidad de evocación y de penetración psicológica, la prosa de Katherine Mansfield ha sido comparada con la de Virgina Woolf, coetánea y amiga suya. En mi opinión, la supera. Y en esto coincido con la propia Virginia Woolf, quien en su diario anotó que la única escritora de la que tenía envidia era Katherine Mansfield.

domenica 12 febbraio 2012

Nella morte di Wyslawa Szymborska

Aveva quasi novant’anni, e quindi che la sua morte poteva essere vicina si supponeva. Ma lo spegnimento di una voce come la sua fa impressione comunque.

Sulla sua vita e sulla sua opera c’è nei quotidiani degli ultimi giorni tutta l’informazione di cui uno può aver bisogno, per cui è superfluo dare qui altre notizie.
Io voglio ricordarla come donna, con un breve poema che va letto a prescindere dal contesto in cui è nato. È stato composto nel 1967 ed ha per titolo Vietnam, ma un titolo più universale, come appunto Donna, gli calzerebbe benissimo.

La traduzione è di Pietro Marchesani. Si trova nell’antologia Discorso all’ufficio oggetti smarriti (Adelphi, 2004).

Vietnam
Donna, come ti chiami? - Non lo so.
Quando sei nata, da dove vieni? - Non lo so.
Perché ti sei scavata una tana sottoterra? - Non lo so.
Da quando ti nascondi qui? - Non lo so.
Perché mi hai morso la mano? - Non lo so.
Sai che non ti faremo del male? - Non lo so.
Da che parte stai? - Non lo so.
Ora c’è la guerra, devi scegliere. - Non lo so.
Il tuo villaggio esiste ancora? - Non lo so.
Questi sono i tuoi figli? - Sì.

domenica 29 gennaio 2012

Eichmann e altri come noi

La banalità del male, di Hannah Arendt (Feltrinelli, 2009), è un libro imprescindibile, ma per me è stato anche un libro sorprendente.

Mi ha sorpreso, anzitutto, la capacità narrativa della Arendt: in questo aspetto, trovo che non ha niente da invidiare a Kapuscinski o a Montanelli. Senz’altro sarà stata aiutata dalla redazione del New Yorker, la rivista a cui nel 1961 ha inviato, da Gerusalemme, i suoi servizi sul processo a Eichmann poi confluiti nel libro; ma al tempo stesso il risultato è molto personale, molto “d’autore”.

Mi ha sorpreso pure, meno positivamente, la sua approvazione della condanna a morte per l’imputato. Comunque, grazie a Dio non sono mancati ebrei prominenti, come Martin Buber, che in quel momento si sono pronunciati contro l’esecuzione di Eichmann.

Una riflessione che torna più volte nel corso del libro e che dà ragione del titolo: “Il guaio del caso Eichmann era che di uomini come lui ce n'erano tanti e che questi tanti non erano né perversi né sadici, bensì erano, e sono tuttora, terribilmente normali” (p. 282). Infatti, Caino è ognuno di noi. Il male non riguarda soltanto un manipolo di tedeschi estremisti che nel secolo scorso ha combinato cose tremende, come alcuni sembrano intenti a farci credere. In realtà, il male ha tante forme e tanti volti: è nel rapporto con gli uomini, con la natura e con Dio; è in me e in te, in quella parte mediocre dell’anima di cui parlava Simone Weil e che va mortificata.

A questo proposito, ecco un’altra bella citazione di Hannah Arendt sul peso dell’azione morale in se stessa considerata: “Un processo assomiglia a un dramma in quanto che dal principio alla fine si occupa del protagonista, non della vittima [...]. Al centro di un processo ci può essere soltanto colui che ha compiuto una determinata azione (il quale sotto questo rispetto è per così dire l’«eroe») e se egli deve soffrire, deve soffrire per ciò che ha fatto materialmente, non per le sofferenze che ha provocato agli altri” (p. 17). Valga per Eichmann a Gerusalemme, e valga anche per noi nella prospettiva del giudizio finale.

Comunque, vogliamo non spostarci tanto in avanti? Lasciamo stare allora il giudizio finale e guardiamo il presente rileggendo, sempre nella Banalità, questa profetica, terribile osservazione: “È noto che Hitler cominciò la sua operazione di sterminio col concedere una «morte pietosa» agli «incurabili», ed è noto che egli intendeva estendere il programma di eutanasia ai tedeschi «geneticamente imperfetti» (cardiopatici e tubercolotici). Ma a parte ciò, è evidente che questo tipo di sterminio può essere diretto contro qualsiasi gruppo, e che il principio con cui viene effettuata la selezione dipende esclusivamente dalle circostanze. Non è affatto escluso che nell'economia automatizzata di un futuro non troppo lontano gli uomini siano tentati di sterminare tutti coloro il cui quoziente d'intelligenza sia al di sotto di un certo livello” (p. 291).

Dio ce ne scampi! Dalla condanna nel giudizio finale e dalla “pietà” di certi filantropi banalmente normali.