sabato 15 dicembre 2012

¡Demonios!

En este año consagrado como Año de la Fe, proponer la lectura de La fe de los demonios, de Fabrice Hadjadj (Nuevo Inicio, 2011), no es una provocación: simplemente, hasta ahora no lo había leído y no había podido recomendarlo.

La fe de los demonios parte de la constatación de que los demonios, por malos que sean, creen en Dios: “También los demonios creen”, se lee en la Biblia a propósito de la necesidad de las obras para la salvación.

Hadjadj, converso, no solo cree en Dios: evidentemente, también cree en los demonios. Como esto no es algo demasiado común, aclaro que también la Iglesia cree en ellos (véanse, en el Catecismo de la Iglesia Católica, los puntos 391 y siguientes). Hadjadj se los toma muy en serio, lo que no está reñido con el buen humor. También cosas tan tremendas como el combate entre ángeles y demonios del que cada alma es objeto se pueden tratar con socarronería: “Si viéramos en frente de nosotros”, escribe Hadjadj, “lo que se trama por encima de la permanente de una portera quedaríamos mucho más sobrecogidos que por la mayor superproducción de Hollywood”.

Fabrice Hadjadj, brillante, todavía joven, es un Maritain del siglo XXI. Lástima que a veces le traicione un gusto excesivo por la paradoja. Por ejemplo, su discurso sobre la fe de los demonios incluye la crítica de ciertos creyentes muy seguros de sí mismos, pero esa crítica puede resultar en ocasiones un tanto maximalista: “Entonar «Creo en Dios» sin abandonarse a Dios personalmente, sin ofrecerse por entero, como el ruiseñor que pone todo su pequeño ser en cantar sus trinos durante la noche, es correr el riesgo de la más grave falsedad”, dice. De acuerdo, pero ¿quién puede decir honestamente que se ha ofrecido “por entero”, que realmente se ha abandonado del todo en Dios? En vez de imponer el logro de esas metas so pena de incurrir en “la más grave falsedad”, ¿no sería más realista animar a esforzarse, a bregar por alcanzarlas?

El libro toca muchos temas. Es interesante, por ejemplo, la reflexión sobre la aversión de los demonios, espíritus puros, a la fisicidad, en contraposición con el apoyo que parece buscar siempre la gracia en lo material. En relación con la inevitable figura del “cura gordo” que administra los sacramentos, Hadjadj advierte juiciosamente sobre los límites de lo virtual y, más en general, de los medios de comunicación de masas: “esos medios pesados, superiores cuando se trata de vender una mercancía, son inferiores cuando se trata del testimonio de la fe”. Paradójicamente, dice Hadjadj, es en el orden espiritual donde más importancia tiene la presencia física.


La fe de los demonios termina con un estimulante apartado final, «Que se cante el Credo» (pp. 271-274): lo aconsejo, especialmente en este Año de la Fe, como introducción al Credo (no a su contenido, sino a su espíritu). Ahí los demonios han desaparecido: ahí somos nosotros, pobres criaturas de carne y hueso, quienes nos confrontamos con la fe.


venerdì 30 novembre 2012

Aunque fuera ciega

Llevaba cinco minutos arrastrando mi maleta por los pasillos de Barajas, cuando una chica que iba unos tres metros por delante se paró y se volvió hacia mí.

“¿Sabe cómo se va al metro?”

Me detuve a su altura.

“No, no soy de Madrid”, le respondí, “pero está indicado”.

“Ya, pero yo no puedo verlo”.

Solo entonces me di cuenta: sus ojos eran opacos como chinchetas. Me quedé un poco cortado, para qué negarlo, aunque ella no parecía sentirse agraviada.

“No, si yo sé ir”, siguió diciendo, “lo he hecho ya otras veces. Pero estoy más segura si voy con alguien”.

“Vale, pues a ver si entre los dos lo conseguimos”. Me halagaba el hecho de que una mujer joven confiara en mí, aunque fuera ciega.

La chica empezó a andar a buen paso, ayudada por una vara blanca con la que iba barriendo el espacio que tenía delante, en previsión de posibles obstáculos. Cuando llegaba a un tramo de tapis roulant no dejaba de caminar, y si había alguien parado lo detectaba antes de que la vara tropezara con él: aminoraba un poco la marcha, restringía el barrido de la vara por el lado de la persona parada, para no tocarla, se deslizaba por el lado que quedaba libre y volvía a caminar deprisa. Yo iba detrás de ella.

“¿De dónde vienes, sin maletas?”, le pregunté.

“Vengo de la terminal nada más”, declaró. “He venido a despedir a mi novio, que se iba de viaje”.

Ris ras, ris ras… La vara recorría con precisa regularidad las estrías del tapis roulant.

“Esto es muy largo, tú”, le dije.

“Sí, ya lo sé, lo he hecho otras veces: se va recto un rato largo y luego se tuerce a la izquierda”. Y añadió: “Pero si no voy con alguien, igual me paso. Gracias”.

“De nada, porque yo voy al metro también”.

Ris ras, ris ras… Al fondo, una flecha desviaba hacia la izquierda a quienes iban al metro.


“¿Es aquí?”, preguntó.

“¡Sí, qué buena memoria!”. Darle coba era un modo de dármela a mí mismo: que una mujer joven confiara en mí me hacía sentirme importante, aunque fuera ciega.

Había que bajar unas escaleras mecánicas. Delante de la embocadura, un panel portátil informaba de una estación cerrada por obras.

“Ojo, aquí hay una cosa”. Y le agarré un momento de la manga para ayudarle a sortear el obstáculo.

Llegamos a la estación de metro. Yo miraba por todas partes sin sacar en claro hacia dónde tenía que ir.

“¿Tiene billete?”

“No. Si te quedas aquí, voy a comprarlos”.

“Yo ya lo tengo, no hace falta, gracias”. Y tras una pausa brevísima repitió: “Muchas gracias. Adiós”. Y sin dejar de sonreír marchó hacia el andén.

Me encaminé, no sin cierta satisfacción, a la taquilla, que finalmente había localizado.

Me halagaba el hecho de que una ciega hubiera confiado en mí, aunque fuera joven (ella).

venerdì 16 novembre 2012

Ungaretti: poeta perché soldato

Nel mese di agosto ho trascorso alcuni giorni in un paesino di montagna della provincia di Brescia, in un ostello accogliente e in bella compagnia di persone e di libri. Tra questi, una antologia di Ungaretti curata da Giovanni Raboni tanti anni fa per Mondadori: Vita d’un uomo. Il titolo è lo stesso dato da Ungaretti all’insieme della sua opera, ma questa è soltanto una antologia di un centinaio di poesie.
Giuseppe Ungaretti ha combattuto nella prima guerra mondiale. Dal posto dove mi trovavo, certe gite mi hanno condotto ad alcuni scenari di quella guerra che adesso, con i ghiacciai ritirandosi sempre più velocemente, rivelano le loro antiche trincee dopo anni di nascondimento. Sulla cima del Vioz si vedevano baracche e camminamenti dell’esercito austriaco appena riemersi dalla coltre di ghiaccio, e un elicottero che faceva avanti e indietro per trasportarvi il materiale atto per le prospezioni.
Oggi la nostra Europa, l’Europa del nobel della Pace, vede le vestigia di quella guerra con un misto di ammirazione e di tenerezza. Ungaretti vedeva sicuramente poco da ammirare in se stesso quando scriveva quei quattro versi lapidari:
Si sta come
d’autunno
sugli alberi
le foglie.

Del giovane Giuseppe Ungaretti, la guerra ha fatto un poeta. Poi, dopo un cupo periodo intermedio di dichiarazioni di stanchezza e di inni alla morte, altre esperienze, come la morte della madre o del figlioletto Antonio, di nove anni, nel 1939, hanno dato luogo a poesie strazianti, bellissime, intrise addirittura di comunione con il divino. Ma la poesia in lui non nasce con quei sentimenti sublimi e laceranti: era nata dal grembo della guerra, come un fiore che spunta dallo sterco.
È il bello della poesia; oppure, se vogliamo, è il bello di questo mondo schifoso.

domenica 28 ottobre 2012

A proposito di Ratzinger: la libertà redenta

Il cardinale Kurt Koch, classe 1950, è un teologo che il cosiddetto destino ha messo prima a capo della diocesi di Basilea e poi  del Pontificio Consiglio per la Promozione dell’Unità dei Cristiani. Nel suo caso il destino si chiama il capitolo del duomo di Basilea, per il primo avatar (a Basilea c’è una consuetudine secondo la quale il vescovo viene eletto dai canonici, anche se poi chi lo nomina è il Papa); e naturalmente Benedetto XVI, per il secondo.
Il mistero del granello di senape (Lindau, 2012) è un suo volume di 400 pagine sulla teologia di Joseph Ratzinger, ovvero Benedetto XVI. Di lui Koch è un deciso sostenitore, e sottolineo la parola deciso (che sia un sostenitore è scontato, essendo stato dal Papa nominato per il posto in Vaticano). Per esempio, Koch è l’anima delle riunioni estive di discepoli di Ratzinger che si tengono tutti gli anni a Castelgandolfo.
Koch smise tempo fa i panni di teologo di grido per diventare pastore, ma il suo background di teologo lo rende particolarmente efficace quando, da pastore, deve affrontare certi lupi travestiti di teologi come Hans Küng e Hermann Häring, critici feroci di Benedetto XVI e bersaglio del più lungo dei saggi contenuti in questo volume. Altri saggi pure degni di nota, meno polemici ma secondo me forse più interessanti, sono i dedicati alla teologia della storia di san Bonaventura e al senso cristiano della libertà, sempre nel pensiero di Ratzinger.
Una idea che percorre tutto il libro, e anche uno dei capisaldi della diatriba contro Häring, è che la Bibbia non parla soltanto del passato, cioè del momento della stesura dei suoi vari frammenti, ma del presente, perché nella Bibbia parla Cristo. Ad alcuni credenti sembrerà ovvio, ma comunque anche se lo è va esplicitato: la Bibbia parla di noi. De te fabula narratur, si diceva una volta.
Ciò si ricollega a una verità che nel medioevo insegnava Bonaventura in polemica con Gioacchino da Fiore, ripresa ora da Ratzinger nei confronti di certi messianismi postconciliari, e cioè che la rivelazione di Dio avviene nella storia, ma è soprastorica. Quindi mai su questa terra raggiungeremo il punto omega del nostro essere: siamo condannati a questa esistenza nostra che sappiamo stentata e imperfetta. Eppure…

Eppure siamo liberi, proprio perché Cristo redentore, cioè liberatore, c’entra con il nostro presente e non soltanto con la Palestina di duemila anni fa; ed è grazie alla libertà che possiamo guadagnare la sponda di quella esistenza soprastorica, divina, da tutti agognata.
“La libertà è un trampolino di lancio per tuffarsi nel mare infinito della bontà divina”, ha detto una volta Benedetto XVI, in visita a un carcere minorile, “ma può diventare anche un piano inclinato sul quale scivolare verso l’abisso”. Da qui il discorso sulla “libertà redenta”, espressione ridondante ma luminosa, molto amata da Ratzinger.
Come a quei ragazzi le mura del carcere, anche a noi la gabbia dell’esistenza terrena ci sta stretta, non è vero? Eppure...


domenica 14 ottobre 2012

Fede e verifica secondo Ratzinger

Tra i fatti storici caratterizzanti la nostra società, la crisi del cristianesimo è uno dei più evidenti. La Chiesa perde pezzi, l’individualismo morale e religioso dilaga. Perciò la lettura di un libro come Guardare Cristo, del Ratzinger non ancora Papa (Jaca Book, 1989), mi sembra estremamente utile per orientarsi tra le svolte o pseudo svolte del momento presente. La sua origine nella predicazione (un ritiro per sacerdoti di Comunione e Liberazione) non deve trarre in inganno: Guardare Cristo è anche una luminosa analisi fenomenologica sul luogo della fede nel contesto culturale odierno.

Dopo un magistrale confronto tra l’agnosticismo oggi dominante e la fede (l’agnosticismo risulta più squisito intellettualmente, ma è esistenzialmente inconcludente), Ratzinger rivolge uno sguardo al passato. “La Chiesa antica dopo la fine del tempo apostolico”, scrive, “sviluppò come Chiesa un’attività missionaria relativamente ridotta, non aveva alcuna strategia propria per l’annuncio della fede ai pagani”. Eppure “il suo tempo divenne un periodo di grande successo missionario”. La conclusione è ovvia, come altrettanto ovvia è la differenza tra il cristianesimo primitivo e quello degli ultimi decenni. “La conversione del mondo antico al cristianesimo non fu il risultato di un’attività pianificata, ma il frutto della prova della fede nel modo come si rendeva visibile nella vita dei cristiani e nella comunità della Chiesa (…). Viceversa l’apostasia dell’età moderna si fonda sulla caduta di verifica della fede nella vita dei cristiani”. Dove per “apostasia” si deve intendere, mi sembra, “agnosticismo”, cioè l’atteggiamento che, malgrado i suoi limiti pratici nei confronti della fede, oggi trova un così largo consenso tra le coscienze.

C’è di più. “La nuova evangelizzazione, di cui abbiamo oggi così urgente bisogno, non la realizziamo con teorie astutamente escogitate: l’insuccesso catastrofico della catechesi moderna è fin troppo evidente”. E chi scrive queste parole è lo stesso Joseph Ratzinger che, come Papa, ha creato un pontificio consiglio e ha indetto un sinodo per la nuova evangelizzazione. Non so cosa penseranno, i padri sinodali riuniti a Roma, di parole così pessimistiche del loro datore di lavoro.

E allora? Allora non ci resta, a noi credenti, che prendere sul serio la questione della verifica della fede nella propria vita: “Soltanto l’intreccio tra una verità in sé conseguente e la garanzia nella vita di questa verità può far brillare quell’evidenza della fede attesa dal cuore umano; solo attraverso questa porta lo Spirito Santo entra nel mondo”, dice Ratzinger. E naturalmente non sta parlando soltanto della vita dei sacerdoti: parla di sacerdoti, religiosi e laici; quindi anche di me.

La Chiesa è programmaticamente santa (una, santa, cattolica, apostolica), ma sociologicamente talvolta non lo sembra. Nel calendario liturgico c’è una settimana in cui i fedeli sono invitati a pregare per l’unità della Chiesa, la cosiddetta settimana per l’unità dei cristiani. Ci vorrebbe, secondo me, qualcosa di simile per la santità della Chiesa; ovvero per la santità dei cristiani, che in questo senso (in senso sociologico) è la stessa cosa.

sabato 29 settembre 2012

Pagnol entre la novela y el cine

La hija de los manantiales se lee de un tirón. Una vez que la primera parte de la novela, Jean de Florette, ha creado el mundo en el que situarse, una vez que ha mostrado en detalle todos los elementos físicos y humanos del escenario, el desenlace de la historia es una cascada imparable, un vértigo catártico de emociones hasta el sorprendente final.

Manon, la pastora de cabras, saldrá victoriosa: vengará la muerte de su padre y acorralará a sus enemigos. “Hay que tener muy podrido el corazón para negarse a hacer un milagro cuando el Señor te lo permite”, espeta en cierto momento a todo el pueblo, que ha sido cómplice pasivo del Papet. El milagro era el agua, aquella agua que la tierra había negado obstinadamente a su padre.

Contemporáneo de Pagnol es Saint-Exupéry, que además, aunque nacido en Lyon, era de origen provenzal, si no me equivoco. En Ciudadela habla, en cierto momento, de una ciudad que se ha encerrado tras sus murallas en torno a un pozo del desierto, y a la que solo se puede acceder haciendo que lo que da sentido a aquellas murallas deje de tenerlo: por ejemplo, creando un lago fuera de las murallas.

Bueno, pues eso es lo que hace Manon, y en su gesta sencilla y humana hay ciertamente algo de milagroso, de sublime. No cuento nada más, porque la historia ha de ser descubierta personalmente por cada uno. Solamente aconsejo la lectura.

Naturalmente, aconsejo también la visión, porque de las dos partes de El agua de las colinas hay dos películas bastante buenas, al menos para mi gusto. Las rodó Claude Berri en los años ochenta, y seguramente son más conocidas que el libro, entre otras cosas por su reparto: Yves Montand, Gérard Depardieu, Emmanuelle Béart…

El agua de las colinas, ya que estamos en materia —con el cine hemos topado—, es un producto bien singular, pues no nació como novela, sino como guión. En los años cincuenta, en efecto, Pagnol escribió —y dirigió— dos películas con la historia de Manon, y diez años después convirtió esa misma historia, con algunos cambios, en dos novelas. Es decir, el díptico de Berri es cine basado en novela que a su vez se basa en cine.

sabato 15 settembre 2012

La Provenza de Marcel Pagnol

No sé cómo se llama una novela formada por dos libros. ¿Díptico? La de tres es una trilogía; la de cuatro, una tetralogía; la de dos, no lo sé.

El agua de las colinas, de Marcel Pagnol (1895-1974), compuesta por Jean de Florette y La hija de los manantiales, sería una de esas novelas. Es muy distinta de otras en las que uno puede pensar, por ejemplo el Quijote: en esta, tanto la primera como la segunda parte tienen por protagonista a Don Quijote; en El agua de las colinas, en cambio, cada parte tiene su propio protagonista. En castellano, que yo sepa, hay solo una edición de hace muchos años, en la colección Novelas y Cuentos (Magisterio, 1977). Es una novela que se merecería algo más.

Pagnol ambienta su historia en Provenza, su tierra de origen. Tierra de trovadores, orgullosamente mediterránea, indiferentemente francesa, tentadora tras sus fronteras abiertas. Los condes de Barcelona en la Edad Media y Mussolini en 1940 intentaron arrebatarla a la esfera de influencia de la langue d’oil, en ambos casos sin éxito. Para los primeros, la unión del valle del Ebro y el del Ródano resultó imposible por la tensión geopolítica del valle del Garona, que se encaja entre ambos y corre en otra dirección; y también por la tensión religiosa generada por el catarismo albigense, que los Capetos tomaron como excusa para bonificar a su gusto la región. Pero Provenza sigue siendo hoy un recuerdo vivo en Barcelona: en el Eixample, entre las calles que recuerdan la geografía de la antigua Corona de Aragón (Aragón, Valencia, Mallorca, Rosellón, Cerdeña, Sicilia, Nápoles…), no falta un “carrer de Provença”.

Jean de Florette, volviendo a la novela, es el nombre del padre de Manon. Bueno, su nombre es Jean: Florette es el de su madre, porque los personajes de esta historia no llevan un nombre y un apellido: llevan su nombre y el de su madre. Me parece muy sabio: quién es tu madre dice mucho más de ti que quién fue el antepasado por línea paterna que fijó su apellido y el tuyo.

Jean es uno de esos tipos que me gustaría tener como amigo: idealista, trabajador, hospitalario, culto… También ingenuo, reconozcámoslo: tiene algo de cátaro, al menos en su sentido etimológico de “puro”. Eso sí, cuando las cosas no le vayan bien pasará de la ingenuidad a la desesperación; y acabará bebiendo y maldiciendo a Dios.

El Papet, su antagonista, es de otra pasta. Ambicioso y carente de escrúpulos, es también, sin embargo, un hombre marcado a fuego por el dolor, un dolor que el destino, en cierto momento, convertirá en expiación. Esto en realidad pertenece ya a la segunda parte: a la historia de Manon. Pero discurre subterráneamente también en la primera, como esa agua de las colinas que Jean de Florette busca bajo sus pies; como esas corrientes de dolor que todos sentimos alguna vez y que quizá desearíamos cegar, aunque nos hablan de amor.