venerdì 20 giugno 2008

Fervor vernáculo

En un expositor del aeropuerto de Dublín había, a disposición de quien quisiera, cuatro montoncitos de postales de los cuatro escritores irlandeses que han ganado el Nobel: George Bernard Shaw, William Butler Yeats, Samuel Beckett y Seamus Heaney. De cada uno me llevé una postal.

Cuatro premios Nobel: no está mal, para una isla de cinco millones de habitantes. Como para dar la razón a Bernard Shaw cuando escribía a Sienkiewicz —en un momento en que ni Polonia ni Irlanda eran independientes— que a los irlandeses les había ido muy bien con el inglés y que no entendía por qué los escritores polacos no se pasaban al ruso. Lo refiere Adam Zagajewski en Escribir en polaco, el último de los trece ensayos de En defensa del fervor (Acantilado, 2005). Él, por supuesto, no está de acuerdo con Bernard Shaw.

El “fervor” que postula Zagajewski se llama unas veces “poesía”, otras “estilo sublime”... Se llama también “polaco”, para él y para sus compatriotas. Y al revés: junto con la televisión descerebrada, los bronceados autores de bestsellers, el cine norteamericano o las playas atiborradas de gente, entre los enemigos de ese “fervor” hay que incluir también al transfuguismo idiomático.

Poco después de la guerra civil española, un catedrático de latín falangista, Antonio Tovar, declaró que uno de los cinco grandes logros de la España de Franco había sido la muerte de la literatura catalana. Se equivocó, como ahora es claro, porque actualmente en Cataluña el catalán convive con el castellano sin complejos. Pero a punto estuvo de acertar: en los años cuarenta, de hecho, no se publicaban prácticamente libros en catalán. Por fortuna, en el momento decisivo no faltaron plumas dispuestas a hacer lo raro, a escribir en catalán y no en castellano. Y es verdad que el aeropuerto de Barcelona no puede ofrecer postales de nóbeles catalanes (no los hay), pero el catalán sigue vivo, mientras que el gaélico, al menos como lengua literaria, no parece.

Un pueblo es muchas cosas, pero es también una lengua. Los escritores catalanes, y más aún los polacos, han mostrado una mayor voluntad de integrar pueblo, tierra y lengua que los irlandeses, de los que se pueden decir muchas cosas buenas, pero no ésa.

Me parece revelador el hecho de que Yeats y Beckett hayan muerto en Francia y Bernard Shaw en Inglaterra: dejando aparte a Heaney, que sigue vivo, resulta que ninguno de los premios Nobel irlandeses ha muerto en Irlanda.

venerdì 13 giugno 2008

Salinger en la corta distancia

Érase un escritor que a los 32 años publicó una novela. La novela tuvo un éxito feroz: de público, de crítica y de lo que uno quiera. Él, sin embargo, se recluyó en su casa y no volvió a dejarse ver por nadie, o por casi nadie (hay historias al respecto), ni a escribir prácticamente nada: en adelante publicó sólo dos o tres libros de pocas páginas con piezas breves antiguas que ya habían salido en el New Yorker, y poca cosa más. Si no ha muerto, que no me parece, en su casa seguirá, casi nonagenario.

El escritor es Jerome-David Salinger; la novela, El guardián entre el centeno (1951). Yo, la verdad, la leí hace algún tiempo y disfruté con ella, pero tampoco me pareció una cosa extraordinaria. Sí me lo ha parecido, en cambio, Nueve cuentos (Alianza, 2003), una recopilación que Salinger publicó dos años después de la novela. En mi opinión (si es que mi opinión vale algo), Salinger es mayor como autor de cuentos que como novelista. Recuerdo en particular tres de esos relatos: Justo antes de la guerra con los esquimales, En el bote y El hombre que ríe. Los dos primeros son sustancialmente dialogados; el tercero está escrito en primera persona por un testigo ajeno al meollo de la historia (el propio Salinger, da la impresión, aplicado al recuerdo de unos hechos de su infancia).

En los tres hay figuras que se me agarran al corazón, que me hacen soñar: la madre del niño triste de En el bote (Boo Boo Tannenbaum, uno de los dos personajes de Nine Stories que abren paso a la saga de la familia Glass, desarrollada en la exigua narrativa posterior del Salinger ermitaño, a partir de Franny y Zooey); el jefe scout de El hombre que ríe; el excéntrico desinhibido de Justo antes... Son personajes en los que el ingenio y la conciencia de la propia limitación van en paralelo. Tienen dificultades, tienen desgracias tremendas, pero tienen también algo que decir y que hacer, y en ese pequeño espacio de creatividad recortado a la tragedia de la existencia se mueven francamente bien.

Frente a estos héroes de pocas páginas, que saben hacer reír pero que indudablemente saben también, por experiencia personal, lo que es cruzar espadas con el destino, el Holden de El guardián entre el centeno casi me parece un pobre payaso que ni siquiera hace gracia.

venerdì 6 giugno 2008

Il parroco e la turista

A Firenze, il mese scorso, facendo turismo una mattina, ho comprovato che sono sempre di più le chiese con visita a pagamento.

Nel Duomo e in San Lorenzo, comunque, io sono entrato gratis. Infatti se entri in chiesa per pregare non paghi: certo, allora non puoi accedere a tutto il recinto del tempio, ma un giretto ridotto puoi farlo benissimo dopo aver pregato (o assistito alla messa, o fatto la confessione).

Ad ogni modo io veramente volevo pregare: il giorno precedente una amica aveva subito un brutto contrattempo, e con il marito mi ero impegnato a pregare per lei e per lui; e poi, a parte l’aspetto cultuale, delle chiese apprezzo l’arte..., ma soprattutto quel tesoro massimo che esse custodiscono e che i turisti, bramosi di spiegazioni sonore, non sanno trovare (ed impediscono ad altri di trovare): il silenzio.

Poco prima avevo letto un libro, Più gioia in cielo (Paoline, 2001): un libro di spiritualità scritto bene e che rivela nell’autore, il sacerdote milanese Andrea Mardegan, un pensiero preciso su cosa implica oggi la scelta della fede. Nel libro mi aveva colpito un commento sull’episodio evangelico in cui Gesù attacca discorso con una donna samaritana.

Nel racconto di Mardegan, la samaritana diventa una turista attuale in visita a una chiesa, e Gesù un sacerdote in confessionale. E così, allo stesso modo che la foto che Creck mi ha fatto a Firenze rientra nella cornice più ampia della foto fatta da Suso alle sue spalle, anche l’immaginato dialogo tra il parroco e la turista si inserisce in una storia più grande, fa parte di quell’altro colloquio di significato eterno che Gesù ha avuto con la samaritana.

Il dialogo tra il parroco e la turista finisce con la confessione di questa. La scena, ovviamente, potrebbe aver avuto luogo in una delle tante bellissime chiese di Firenze... Oppure di Roma, la mia città.

Appunto perciò, consentitemi di indirizzare ai romani un po’ di pubblicità della confessione. Ho trovato su internet dati riguardanti i confessionali di dieci chiese di Roma: chiese di dieci quartieri diversi. Eccole, con i relativi link agli orari delle confessioni: chiesa del Gesù (Centro), San Giovanni Battista in Collatino (Casal Bruciato), parrocchia della Resurrezione di Nostro Signore Gesù Cristo (Torrenova, 8º municipio, dopo il raccordo), San Gabriele dell'Addolorata (Cinecittà), San Gregorio Barbarigo (Eur), San Francesco Saverio (Garbatella), San Girolamo a Corviale (Portuense), San Giulio (Gianicolense), Cristo Re (Prati), San Pio X (Balduina).

“Ci sarà più gioia in cielo per un peccatore convertito, che per novantanove giusti che non hanno bisogno di conversione”, dice Gesù nel Vangelo, e da questa frase ha ricavato Mardegan il titolo del suo libro. Già, ma anche in terra c’è tanta gioia per la confessione dei peccati e la riconciliazione con Dio: chiedete alla turista..., o meglio fate la prova voi stessi.

Non è abituale, purtroppo, sentire il consiglio di andare a confessare. Eppure confessarsi è il modo migliore di mettere a posto la coscienza. Lo dico per esperienza propria.

venerdì 30 maggio 2008

Lección de management

“Tu lema ha de ser: frío en la decisión y agresivo en la ejecución. Es lo primero que te dicen en los libros de management...”.

Yo iba delante, al lado del conductor. Mis dos compañeros de taxi hablaban en el asiento de atrás. Uno era un estudiante de Medicina que venía a ver a su familia, como yo. El otro era un hombre de unos treinta años que acababa de dar un curso de marketing de seis días en otra ciudad, por cuenta de una academia de la que me sonaba haber visto anuncios en el metro.

“La gente se piensa que producir y vender son lo mismo. Y cuando llegas y les explicas tres o cuatro cosas..., nada, lo básico, al principio te toman por un marciano...”.

En aquellos tiempos, más o menos una vez al mes yo volaba a mi ciudad el sábado por la noche para pasar el domingo en casa, y siempre al llegar al aeropuerto, que queda bastante lejos de la ciudad, cogía el tren. Aquel día había huelga de trenes, pero me había organizado con otros dos pasajeros para compartir taxi.

“Eme, Be, O: Management By Objectives, ésta es la clave, hoy en día, si quieres conseguir algo”, seguía diciendo, locuaz y seguro de sí, aquel manager de managers.

Habíamos llegado. El taxista nos ayudó a descargar las maletas y masculló el precio de la carrera: cuarenta euros. Yo le di quince y el otro estudiante otros quince. Nuestro experto en la ciencia de la empresa le dio diez y le pidió una factura para poder justificar el gasto en su academia.

Naturalmente, el taxista se la hizo por cuarenta euros. “Hágasela de diez”, pensé. Sólo lo pensé: hay cosas que se piensan pero no se dicen.

venerdì 23 maggio 2008

La mujer del bungalow

Aunque el jurado del Nobel haya preferido a Elfriede Jelinek, la gran figura de la literatura austriaca actual es Peter Handke. Escritor original y polifacético, ha dado que hablar por su extravagante activismo filoserbio, pero creo que es una persona razonable.

De él leí hará un año una novela sobre la incomunicación, La mujer zurda (Alianza, 2006). Una mujer dice un día serenamente a su marido que se vaya de casa. No hay un porqué, y él tampoco lo exige. La escena final es una patética reunión que ella convoca involuntariamente en su casa con otros siete personajes igualmente anómicos (su desencantado marido, un editor que le encarga traducciones, la maestra del hijo...): una fiesta espectral, casi una danza de la muerte.

“Tenía treinta años y vivía en una urbanización de bungalows”, informa escuetamente Handke al comienzo de la novela. Y ya no hay muchos más datos acerca de ella. Gracias a los demás personajes, que la llaman Marianne, sabemos su nombre; pero para el narrador es simplemente “ella” o “la mujer” (ni siquiera es “la mujer zurda”: el título no alude a la protagonista, sino a una canción que ella escucha en cierto momento).

“En la fría mañana, la mujer estaba en la terraza, sentada en la mecedora, sin mecerse...”. “De noche estaba sola en la cocina y se bebió un vaso de agua...”. “La mujer miraba por la ventana: las copas de los árboles del jardín se movían con fuerza...”. Con frases de este tipo, de un objetivismo extremo, hace Handke avanzar la acción.

Y sin embargo, esa mujer despersonalizada y distante hechiza al lector. Sí, porque su black out afectivo hace eco a una cierta voz del alma que nos dice que tantas veces los demás son una presencia molesta en nuestro camino; que no siempre la intromisión ajena en la propia vida es de agradecer; que el roce con los demás, incluso en lo más banal (“¡vaya montañita de patatas que te has puesto!”, o bien al contrario: “¿por qué no te pones más patatas?”), tiene más de choque que de caricia; y que en el fondo aislarse no es una locura, sino una necesidad.

Pero claro, esa no es nuestra única percepción. Hay otra voz interior que nos dice que la verdadera necesidad es la comunión, el amor; que hay que contar con los demás; que para que el yo sea un yo necesita ser también un tú.

Handke absolutiza la primera voz distanciándose de la mujer: cuando algo se ve de lejos, muchos detalles escapan a la vista. En este caso, el detalle que ha desaparecido y que puede ni siquiera echarse en falta es esa segunda voz. Esa segunda voz que tiene más de voz de la conciencia que la primera.

Aun así, ante el imperativo de gobernar la propia vida en medio del oleaje colectivo, entre los vaivenes del gran teatro del mundo, la mujer del bungalow no deja de ser un punto de referencia.

venerdì 16 maggio 2008

Reivindicación del Tao

En pleno agosto aterricé un día en Barcelona, de paso, como siempre, y aproveché para llamar a un viejo amigo de la infancia. Llevábamos más de veinte años sin vernos, pero acabábamos de retomar contacto por carta. Hubo carambola. Naturalmente, estaba de vacaciones, pero precisamente ese día había dejado a su familia en los cuarteles de verano de la Costa Brava y había bajado a Barcelona por cosas de trabajo. Cenamos juntos, no recuerdo dónde. Sólo recuerdo que no ahorramos en vino.

Nos despachamos a gusto contando y exagerando nuestras vidas, hasta que en cierto momento él se puso serio: “Mira, lo bueno de La Farga”, me dijo febrilmente, “es que te dicen qué está bien y qué está mal. Luego te dicen que obres con libertad, pero primero te han enseñado qué está bien y qué está mal”. La Farga es el colegio en el que ambos habíamos estudiado.

“Yo, desde luego, enseguida hice lo que me pedía el cuerpo y me dejé de historias”, siguió, “pero llega un momento en que te paras y dices: ¿adónde estoy yendo? Pues bien, en ese momento yo sabía algo sobre lo que debía hacer. Hoy, en cambio, la gente joven no lo sabe, no se lo han explicado ni en su casa ni en la escuela: porque, para empezar, ni los padres ni los profesores creen demasiado en el bien y el mal”.

Parecía todo muy simple, pero quizá no era ninguna tontería. In vino veritas, pensé.

Del bien y del mal, y de la pérdida de sentido de estos términos, trata La abolición del hombre (Encuentro, 2007), ensayo breve, lucidísimo, de C.S. Lewis.

De entrada, Lewis critica el positivismo lógico y demuestra que los sentimientos morales son algo real y necesario. El hombre es abolido, dice Lewis, cuando, dominado por la razón o por el instinto, convertido en mero espíritu o en mero animal, desatiende al corazón, elemento intermedio entre el cerebro y el vientre. Sobre todo, Lewis cree en la ley natural, en eso que él llama Tao, o sea Camino. Tao es el término sobre el que la cultura china ha construido su filosofía de la vida. La tesis de Lewis es que todas las culturas se fundamentan en una idea común, universal, con variantes poco significativas, acerca de cuál es el camino del hombre, acerca de dónde está el bien.

Hace sesenta años, cuando este libro fue escrito, la descatalogación del bien y el mal como realidades objetivas era una ocurrencia subversiva de unos pocos teóricos. Hoy es un hecho consumado. Hoy está bien o mal sólo lo que en cada momento establece el consenso: ahora mismo es malo ir en moto sin casco, pintar la casa de un color atípico o abusar de menores; es bueno ir a manifestaciones contra el terrorismo, usar preservativo y practicar la recogida selectiva de residuos. Una ética de mínimos, lógicamente. Una ética que no tiene voz para decir “No bebas”, sino sólo “Si bebes, no conduzcas”.

venerdì 9 maggio 2008

A ritroso da Eliot a Melville

Ho visto recentemente il Moby Dick di John Huston, con Gregory Peck nei panni di Achab. Roba vecchia (1956). Sono così riaffiorate le impressioni che suscitò in me, tanti anni fa, la lettura del romanzo.

Un romanzo profetico, questo sarebbe a pieno titolo Moby Dick, secondo me.

Nel saggio Religione e letteratura (1935), Eliot sostiene che la Bibbia è rilevante in ambito letterario non per i suoi contenuti specifici o per il suo valore formale, ma per il fatto che, nel corso dei secoli, dai letterati è stata considerata come la parola di Dio. Lo dice a proposito del bisogno —da lui reclamato per l’opera d’arte— di un consenso etico e religioso nella società, idea su cui già la settimana scorsa ho detto qualcosa in questa sede.

Ebbene, in Moby Dick c’è tanta Bibbia. Dalla predica di padre Mapple —incentrata sulla storia di Giona— all’epilogo, che si apre con una citazione del libro di Giobbe, i riferimenti biblici non mancano. Ma neanche si può dire che siano di troppo: non sono mai riferimenti banali. Melville infatti ricorre alla Bibbia con una naturalezza che è prova di una totale sintonia interiore con essa: è come trascinato dalla Bibbia, come se non potesse farne a meno senza falsare il proprio io. E che altro è un profeta se non quella persona portata da una vocazione superiore a proclamare la parola di Dio?

Certo, oggi lo scrittore cristiano sa che la profezia non sarà capita, non troverà una grande accoglienza tra il pubblico. Manca il famoso consenso di cui parla Eliot. Da Moby Dick a Religione e letteratura non trascorre neanche un secolo, ma molte cose sono mutate nel panorama culturale e religioso di Occidente nel frattempo.

Molte cose sono cambiate, è vero. Io però resto convinto che, anche oggi, soltanto lo scrittore-profeta, cioè il credente impavido, il credente che non si arrende né agli altri né a se stesso, è in grado di fare della letteratura un degno corteo della Bibbia, il libro per antonomasia (o, almeno, di provarci).