venerdì 17 aprile 2009

Fitzgerald y Gatsby

Para muchos es la cima de la literatura americana contemporánea. ¡Si Fitzgerald sólo hubiera escrito El gran Gatsby! Pero escribió más cosas, y algunas de ellas explican la severidad con que lo ha tratado cierta crítica.

El gran Gatsby (1925) deja muy atrás, en concreto, a las otras dos novelas de Fitzgerald de los años veinte, A este lado del paraíso (1920) y Hermosos y malditos (1922). Las tres anuncian al mundo, bajo la superficie de la historia de encanto y desencanto de sus personajes, la "edad del jazz", la nueva vida de una América feliz que ha salido de la primera guerra mundial sin grandes traumas y que de pronto se descubre joven y bella. Pero Jay Gatsby, el pobre que se ha hecho rico por amor, es un héroe muy superior a los de las dos novelas precedentes, Amory Blaine y Anthony Patch, ricos hijos de ricos.

Además, la historia de Gatsby está narrada, astutamente, desde el punto de vista de un personaje secundario, Nick Carraway. Amigo de Gatsby y primo lejano del amor imposible de éste, Daisy Buchanan, Nick conocerá por dentro el mundo de los ricos para finalmente autoexcluirse de él. Mediada por la visión de un personaje que, aun siendo un outsider, participa intensamente en los hechos, la tragedia de Gatsby llega al lector con un singular poder de sugestión.

Es célebre el final de la novela, cuatro párrafos elegíacos que en algunos ambientes es de buen tono saberse de memoria.

Naturalmente, Gatsby no es una abstracción. Algo de él había en su propio autor: también en el caso de Fitzgerald, por ejemplo, había sido una mujer, Zelda Sayre, el estímulo para dar el salto al olimpo de los ricos.

Con los años, sin embargo, el desenlace de la historia de Fitzgerald se irá alejando de la de su héroe. Embriagado de fama, irresponsable, excéntrico, a partir de cierto momento Fitzgerald vivirá sólo para alimentar su propia leyenda, al contrario del fastuoso pero esquivo Gatsby. Pero su leyenda entra en un callejón sin salida en 1929, con el fin de la edad del jazz, cuando su mundanidad deja de tener sentido y lectores y críticos le abandonan por otros escritores de la “generación perdida” más en consonancia con los nuevos tiempos: el inconformista Dos Passos, el reticente Hemingway...

Sólo después de su muerte (1940), gracias al editor y amigo Edmund Wilson, se redescubriría su contradictoria pero genuina grandeza.

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